Fuentes: Historia de Mendoza, publicada por Los Andes, fascículo 5, Cueto A., Romano A., Sacchero, P.; Breve historia de Mendoza, D. Chaca; Cuentos y Leyendas de la Tradición Cuyana, Osvaldo Rodríguez Flores.La que ofrecemos a continuación es una versión de esta leyenda, rescatada de la tradición oral por Osvaldo Rodríguez Flores. Este relato tiene origen en la cultura huarpe de Mendoza y San Juan y forma parte de la memoria colectiva de este pueblo, que aún hoy habita el desierto de Lavalle.
“Al norte de Uspallata, allí donde la cordillera baja al valle, vive un viejecito que sabe contar historias antiguas, tan antiguas que sólo él recuerda. Esta es una de las tantas leyendas que me contó don Atalívar, que así se llamaba el más antiguo poblador del valle.
“En tiempos muy lejanos, antes de la llegada de los españoles, habitaba en el valle de Uspallata una tribu de indios huarpes muy dispuesta para la labranza de sus chacras, como aficionada a la caza y la recolección de frutos del campo. En sus pequeñas parcelas sembraban maíz, papa, zapallo, porotos y un grano pequeño y muy nutritivo llamado quínoa.
“Era un gusto ver en primavera cómo verdeaban las sementeras regadas por acequias, que derivadas del cercano arroyo repartían el agua prolijamente entre los surcos, llevándola a la raíz misma de cada plantita. Y en el verano, cuando Tata Inti, dador de toda vida, caldeaba la tierra, las chacritas de los huarpes celebraban con verdor resplandeciente el milagro del fruto maduro. Y Hunuc Huar bendecía año tras año el trabajo fecundo de los hombres y mujeres del valle. También en verano recogían la frutas silvestres que abundaban y eran como un regalo de la Pachamama: el piquillín, la algarroba, los albaricos y las frutas del chañar se aprovechaban muy bien, sobre todo la algarroba, con la que hacían patay y también aloja para celebrar en sus fiestas.
“Pero no sólo plantas había puesto en el valle la Pachamama, sino también abundantes animales, principalmente guanacos y choiques, aunque no faltaban los quirquinchos, liebres, vizcachas, perdices y toda clase de aves, que los indios cazaban para su alimentación.
“Arcos y flechas y también boleadoras esgrimían los hombres en sus partidas de caza. Cuenta Don Atalívar la curiosa manera de cazar guanacos que ellos practicaban: un grupo de hombres perseguía a una presa durante días hasta rendirla por cansancio y así cazarla. Muy famosos fueron los huarpes por su resistencia y tenacidad para correr grandes distancias sin cansarse.
“Uno de estos cazadores, el joven Gilanco, sobresalía entre todos por su destreza y valentía y gustaba jactarse de lo poderoso que era con sus flechas frente a una tropilla de guanacos. Y efectivamente, en sus frecuentes correrías por los valles y cerros de su comarca, se divertía matando guanacos en demasía, no para alimentarse, sino para probar su habilidad de cazador. No se salvaban de sus mortíferas flechas ni las hembras preñadas, ni las crías.
“Un atardecer, luego de una jornada de matanza innecesaria y mientras descansaba frente a una gran roca, se le apareció la mismísima Pachamama, que envuelta en un viento le habló así: -Gilanco, gran cazador, los animales que he puesto sobre la tierra sirven a la vida de los hombres, pero si sigues matando llegará el día en que desaparecerán para siempre y no habrá carne para tu alimento, ni pieles para cubrirte, y faltarán también otros animales y plantas cuya existencia depende de los guanacos. La vida es una larga cadena en la que los animales, las plantas y el hombre son eslabones que no deben romperse pues peligra toda la cadena, todo el ciclo de la vida sobre la tierra.
“Dicho esto la Madre Tierra desapareció, siempre envuelta en un viento.
“El atardecer había avanzado y Gilanco, mientras bajaba de los cerros rumbo a su aldea del valle, pensaba sobre lo ocurrido.
“Muchas lunas pasaron y el cazador iba olvidando la advertencia de Pachamama, hasta que un día, aguijoneado por su vanidad y soberbia, volvió a la cacería impiadosa e innecesaria. Tanta era su imprudencia que no sólo no se conformó con matar guanacos sino que la emprendió también con los choiques, las liebres, las aves y todo bicho que camine sobre la tierra. Gilanco se divertía matando.
“Cierto día, al finalizar la jornada de caza y mientras descansaba feliz por la matanza realizada, el cazador vio con sorpresa que envuelta en un viento apareció nuevamente la Pachamama para hablar de esta manera:
-Mandaré sobre tu pueblo un viento arrastrado que ahogará en polvo a la gente, tan caliente que incendiará los campos y las chacras, tan veloz y poderoso que volará los ranchos, tan malsano que morirán los viejos y enloquecerán los jóvenes. Este es el castigo.
“Al instante la Madre Tierra desapareció y comenzó a soplar... el Zonda.”
Fuente: www.losandes.com.ar
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